martes, 22 de enero de 2008

Liga Fútbol Sala | CAI Madrid 8 – Salesianos Atocha AA 4

Desastre en Sanchinarro

Merecida victoria local ante un Salesianos insulso. Empezó bien pero acabó desbordado por el rival y por su propia estrategia.

Paco Trueba 22/01/2008

Esto es un deporte físico y esto es lo que nos daba miedo: el huracán. Algo flota en ese ambiente que nos ahoga a nosotros. Pudiera ser un exceso de amor, una motivación extraordinaria que procede de la admiración absoluta. En los dos primeros partidos de liga el Salesianos se había mostrado intratable. Y es posible que desde ese día en el subconsciente de los futbolistas del CAI se fijara un objetivo: ganar al Salesianos, ganarlo en casa, proteger el castillo.

La derrota en Sanchinarro es una de tantas (en la historia del Salesianos), aunque esta vez el equipo pareció aguantar a su rival durante algunos minutos, y hasta jugó aceptablemente un rato, aunque ahora esas perlas se nos pierdan en la memoria. El CAI estuvo acertadísimo cuando tuvo que estarlo, pero lo que terminó de tumbar al Salesianos fue el desgaste físico.

Imagino que así son los traumas, eso que llamamos maleficios y que desde la otra orilla se consideran bendiciones o rachas históricas. Nacen de algo cierto, de un par de noches, pero después influye la leyenda y ya no te importa el rival porque siempre es el mismo.

Por otro lado, el encuentro mide el punto más bajo que puede alcanzar este Salesianos que tiene la tensión disparada, alta o baja, y que pasa de lo exquisito a lo vulgar.

No es una deshonra perder contra un equipo así, ni debería afectar al ánimo. El CAI es de los pocos equipos de esta liga que puede destrozarte sin que cometas errores o sin que salgas del búnker o sin que dejes de disparar. Cometió errores el Salesianos en la primera parte, pero no los suficientes, no tantos como para castigarse. El CAI lo hace por ti.

En el Salesianos, en relación al encuentro contra el Cortefiel, repetían García Caro, Kike y Peska. Junto con Pablo Alcazar, la columna vertebral de este equipo (por minutos disputados).

La racha de lesiones e infortunios, esta vez salpicó a Córdoba, con problemas familiares, continuó con Antonio, que continúa lesionado (caso Woodgate) y acaba con Iván (que por derecho debería tener su propio caso, el IvanGate).

Por otro lado, la incorporación al equipo de nuevos jugadores parecía, en principio, que le iba a dar un nuevo impulso al juego. Pablo y Montero fueron los fichajes.

El inicio fue mucho mejor que el final. La primera mitad fue una explosión. En los primeros minutos, CAI y Salesianos se buscaron con saña, como si se tratara de dos clanes en guerra. En cada contacto se deslizaba un puñal y cuando un jugador rodaba por el suelo, herido o no, un enemigo caía encima llamando a la melé, al enfrentamiento, pecho con pecho y las narices tan cerca que o te besas o te matas.

No hablo de violencia, no todavía. Era más bien un combate en busca del macho alfa, ese que lidera la manada y que no descarta a los otros aspirantes, los aniquila. Se entiende que en esa pelea primitiva no bastara con las piernas: importaban los brazos, los codos, la cabeza, los gestos, la saliva y el corazón.

Lo que hacía más fabulosa esa disposición guerrera es que los dos equipos eran igual de valientes y de bravos. Y eso no suele ocurrir, es raro. Generalmente, alguien se cubre. Aquí no. El CAI deseaba vencer por asfixia y el Salesianos quería ganar por espada.

No tardó en llegar el primer gol. Jugada dinámica y astuta del Salesianos. Kike, Pablo y Paco, pim, pam, pum. Un ejemplo de lo que no volvería a pasar en el partido. Ahí acabó la astucia, la velocidad.

En los primeros compases del partido, Salesianos, aun físicamente fuerte, mantenía la compostura y la defensa. Pero se condenaba con sus propias contras. Buena defensa, rápida salida y absurda no finalización. El resultado era una re-contra y gol. Su propia medicina.

Aun así no habían pasado ni 30 segundos del gol del empate del CAI, cuando Peska centró, la pelota rebotó en un defensa y el rechace cayó sobre Kike, que enganchó un disparo que entró a la portería. Cuando el Salesianos se comporta así deja de ser un equipo para convertirse en una unidad de destino en lo universal. Un mazo divino.

En ese gol acabaron muchas de las esperanzas del Salesianos, que desde ese momento no pudo más que perseguir fantasmas por el terreno de juego. Desde ese instante, recibieron cinco goles más consecutivos (descanso mediante). Un duro, pero justo correctivo, que no hizo más que poner de manifiesto la carencias de este equipo.

García Caro, punta de lanza, no era el de otros días. Físicamente mermado, este jugador pierde su más valiosa virtud. La brega. Solo se le recuerdan tres tiros a puerta en todo el partido, insuficiente registro para un jugador que pretende el trofeo al máximo goleador.Por otro lado, también se vio cansado al siempre infatigable Peska, parece ser que la acumulación de partidos pasa factura.

Y así, uno tras otro.

El Salesianos no pudo llegar más lejos. Condenado primero por una defensa de la que no se salvó nadie, al final no tuvo ni juego ni gol. El esquema táctico contribuyó al desastre. No olvidemos que este equipo esta diseñado para defender juntos y atacar separados, y ayer, ni una cosa ni otra.

No es un drama, pero es un mal síntoma. El Salesianos tiene fútbol, pero no le llega, y carácter, aunque no le basta.

Sería malo que el Salesianos se agarrara a esa probabilidad improbable de perder de vez en cuando o a esas acusadas bajas. Fue superado sin discusión, con multitud de puñetazos que le alcanzaron de pronto, sin haber hecho nada hasta entonces, sus propios errores aparte. Es posible que el equipo que deslumbró ante el Cortefiel tenga mandíbula de cristal. O tal vez lo que pasa es que el CAI no te pega: te cuece en su estadio y después te devora. Ñam.

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